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Britney Spears se sometió a un aborto en su juventud tras quedar embarazada de Justin Timberlake, quien a diferencia de ella decía no estar listo para tener hijos, según un adelanto de sus memorias “The Woman in Me” publicado este martes en la revista estadounidense People.

En el pasaje divulgado, la princesa del pop, que ahora tiene 41 años, cuenta que durante su noviazgo con el cantante de NSYNC, de 1999 a 2002, tuvo un embarazo no deseado que para ella fue una sorpresa pero no “una tragedia”, y que “nunca” lo habría interrumpido si hubiera podido decidirlo ella sola.

“Pero Justin decididamente no estaba contento con el embarazo. Dijo que no estábamos listos para un bebé en nuestras vidas, que éramos demasiado jóvenes”, cuenta Spears, que no especifica fechas pero en todo caso tenía menos de 21 años, cuando finalizó su relación con Timberlake, de la misma edad.

La cantante relató que creía que formaría una familia con Timberlake y que no le importaba comenzarla más pronto de lo esperado, pero él “estaba muy seguro de que no quería ser padre”, por lo que se sometió a un aborto que describe como “una de las cosas más dolorosas” que ha vivido.

Así fue su relación

Britney y Justin comenzaron a salir en 1999, tras conocerse en The Mickey Mouse Club. Sin embargo, la joven pareja se disolvió en el 2002, en medio de rumores acerca de una infidelidad por parte de la cantante, mismo que tomaron fuerza por la canción ‘Cry Me a River’ de Timberlake.

Britney y Justin copaban todas las portadas de las revistas, cada aparición pública se convertía en un evento y tanto la prensa como los fans querían conocer cada detalle íntimo de la relación. Se especuló mucho (muchísimo) sobre la virginidad de Britney después de que ella declarase que quería esperar hasta el matrimonio. Reporteros de todo el globo alzaban el micrófono en cada presentación de nuevo single o inicio de gira, dentro y fuera de Estados Unidos, para preguntarle a Britney (una vez más) si ya había perdido su virginidad con Timberlake.

El gran aparato de marketing y relaciones públicas que ambos tenían detrás sabían qué imagen querían mostrar de la pareja para vender discos como churros, y esta estaba más acercada al mito del amor romántico que a la explosión de la sexualidad, como bien apuntaron algunos columnistas de la época. Britney representaba a una Lolita, sugerente pero todavía no sexualmente activa, la vecina de al lado que permitía a todos los hombres fantasear con ella, pero sin resultar demasiado evidente para que las madres puritanas de Estados Unidos siguiesen comprando entradas a sus conciertos para sus hijas.

Britney y Justin hicieron todo lo que se supone que debían hacer dos adolescentes ricos, talentosos y enamorados: acudían a grandes eventos deportivos y premieres de películas, cantaban por sorpresa en conciertos del otro, se apoyaban en público y respondían amablemente a los periodistas cuando les preguntaban, por separado, sobre su relación. Y, sí, también llevaron ese conjunto a juego vaquero que quedó grabado en nuestras retinas ad infinítum.